TENGO UNAS DÉCIMAS DE FIEBRE

Nunca me habría podido imaginar que una simple frase, aparentemente sin mayor importancia, podría angustiarme tanto. Era lunes por la mañana y habían pasado poco más de 24 horas desde el inicio del Estado de Alarma. Hasta aquel momento mi mayor preocupación era cómo organizarnos en la oficina. Con la fiebre llegó también la tos y el malestar. Y también mi sonrisa forzada para esconder el temor y las malditas búsquedas sobre síntomas y protocolos aquí y allá.

El miércoles era ya yo la que tosía ante la pantalla del ordenador, aunque me esforzaba en no exagerar. El malestar, el dolor muscular, la sensación de cierto ahogo y la pérdida de gusto y olfato se sumaron a la fiesta de los miedos en los días que estaban por llegar.

Los caminos del miedo son retorcidos. Es un parásito que se instala en los rincones más profundos de uno mismo. Te congela y te escupe momentos de angustia.

En casa hemos sido unos privilegiados. Ahí fuera, llueve y hace un frío que hiela. Los hospitales se han convertido en trincheras de una guerra invisible. No acierto a imaginar el día a día del personal sanitario. El desgaste, el estrés, la impotencia… Así que no es difícil llegar a la conclusión de que hemos tenido la inmensa fortuna de solo dos semanas de sintomatología más bien leve. Nos ha herido más el miedo y la incerteza que la fiebre o el malestar. Dos semanas de confinamiento estricto y, al menos, dos semanas más en el horizonte. Sigue ahí el miedo por los mayores, que viven estos días aislados y angustiados. Nacieron en una posguerra de la que a menudo no quieren hablar. Hoy viven una que no saben explicar.

Los hermanos y familia, que siempre miman y protegen, lo han continuado haciendo estos días de confinamiento y enfermedad. Traían la compra hasta la puerta de casa y esperaban a una distancia de más de dos metros cuando abría. En la distancia, un “hola, ¿cómo estáis?”. Una sonrisa bajo la mascarilla. Y yo, unas ganas de llorar como una chiquilla al cerrar la puerta. El vértigo. El miedo. El maldito miedo. Este miedo que eliminaríamos de un plumazo con un largo abrazo de la tribu. Con miradas cómplices entre la gente. Con palabras cálidas en un susurro. Y que ahora cultivamos con la promesa de que todo volverá.

Son las 19 horas. Es la hora de la videoconferencia. Somos unos afortunados.

Sole G. Insua