EL SÍNDROME DE LA CABAÑA

EL SÍNDROME DE LA CABAÑA

Hace unos días leía un hilo de Twitter que reflejaba a la perfección mis sensaciones respecto a eso que llaman desescalada y, lo que es peor, “nueva normalidad”.

Angustia. Sí, esa es posiblemente la mejor palabra para definir mi estado emocional cuando pienso en salir a la calle. Y no es que no tenga ganas de salir y ver a mi familia y a mis amigos. Es sencillamente que, pese a que ahora ya sabemos más o menos cómo va a ser esa desescalada, no hay absolutamente nada que me transmita una cierta seguridad.

Llevamos más de mes y medio encerrados y eso ha ayudado a controlar los contagios. Pero en ningún caso significa que el bicho se haya ido. De eso nada. Cual Demogorgon, el bicho sigue estando presente aunque no lo veamos.

Pero si soy sincera, no es el bicho lo que más me asusta. No tengo ninguna intención de dejarle que se instale a vivir en mi organismo, pero lo que más angustia me provoca no es eso. Lo que más miedo me da es pensar en cómo será esa dichosa “nueva normalidad”.

Un mundo sin abrazos ni besos, donde no puedes ni tomarte algo con tus amigos sin que haya un metro y medio de distancia entre vosotros. Un mundo en el que se puede salir una vez al día y sin alejarte más de un kilómetro de tu casa. Un mundo en el que ir a comer a un restaurante, llegado el momento, será casi un deporte de riesgo y, encima, para una vez que vas, será casi como estar de visita en una prisión, separado del resto de comensales por mamparas que, en el mejor de lo casos, te permitirán moverte con una cierta fluidez. La distopía que tantas veces hemos visto en el cine, al alcance de nuestra mano.

Angustia, sí. Y es que cuanto más lo pienso, menos ganas tengo de salir. Debe ser que, de momento, me he librado del bicho, pero no del síndrome de la cabaña.

Conchi Roque