SÍNDROME PREVACACIONAL

En pleno mes de agosto, con la mitad del país de vacaciones, seguir trabajando tiene sus pros y contras. Pros: Barcelona está mucho más tranquila, el teléfono no suena tanto, la gente (en general) vive más pausada… Contras: el calor y las redes sociales.

Si pensabais que este año nos libraríamos de las fotos de pies en la playa, o hechas desde dentro de una camping van en medio de un campo con el hashtag #buenosdías… ¡no podíais estar más equivocados! Pensad en ello: la gente ha estado cerrada mucho tiempo, y ahora que por fin puede salir un poco, la necesidad de que todo el mundo sepa que tienes una vida es aún más fuerte.

Sea como sea, entre las vacaciones de los demás y las mías (que están por llegar) vivo en un estado permanente de nervios, conocido como síndrome prevacacional. Me ha pasado toda la vida. Cuando se acercan, entro en una estado mental de euforia, tanto si el plan es viajar a la otra punta del mundo como si simplemente voy a pasarme los días tumbada en el sofá, en la piscina o en la playa. Y eso, ningún virus ni ninguna pandemia me lo podrá quitar.

Silvia Olmo

EL AÑO DE LAS COSAS QUE NO HAREMOS

2020 comenzó como un año más. Como siempre, los planes para los próximos doce meses comenzaban a acumularse y sólo deseábamos que llegaran pronto. Somos así. Estamos acostumbrados a llenar nuestras agendas hasta que no quede ningún hueco y nos encanta programarnos viajes, conciertos, salidas con amigos y, en general, todo lo que nos haga felices y nos ayude a olvidar de vez en cuando la rutina diaria. ¡Ilusos! No sabíamos lo que nos deparaba el destino.

Ahora que ha pasado más de la mitad del año, podemos asegurar que será el año de las cosas que no hemos hecho, de las que no haremos. Es el año de las cosas que guardaremos en un cajón deseando que el 2021 nos de una tregua. Y, no nos engañemos, vivir con el pie puesto en el freno no resulta del todo sencillo y a veces queremos volver a acelerar. En definitiva, volver a la vida de antes. Hasta que recordamos que es momento de ser responsables, de cuidarnos para poder volver algún día a la normalidad como la conocíamos antes, si aún es posible…

Pero también es el año de disfrutar de las cosas pequeñas, de valorar lo que tenemos en casa sin necesidad de viajar a la otra punta del mundo. Está claro que es un año diferente y la incertidumbre de los próximos meses nos mantiene a la expectativa constantemente, pero es un buen momento también para dedicarse tiempo a uno mismo y valorar lo que nos rodea, que a veces damos por hecho sin ser conscientes de la importancia que tienen realmente para nosotros.

Cristina Izquierdo

EN PLENA PRIMAVERA

En plena primavera, los árboles comienzan a brotar, salen las primeras flores, comienza el desarrollo del fruto y, por tanto, en un sentido futurista, se prevé la cosecha del año.

Cada año esperamos, sin esperar nada concreto, que llegue la primavera. Parece que con ella llegan los colores, los olores y todo lo bueno que hemos añorado los meses anteriores, pero, ¿hay algo más? La primavera es todo lo positivo que se espera en los días de futuro inmediato. Aquel resquicio de esperanza que quizás en momentos nos falta, aquella luz después de todo. Nos vuelven las ganas de estar vivo, vivo en el sentido más amplio, el de sentir, de sufrir, de hacer, de disfrutar, de vivir… rendija y luz que se nos amplían en este momento, con toda lucha.

Sentada, con una copa de vino de garnacha en la mano derecha (soy zurda para escribir pero me sirven ambas para tomarme una buena copa de vino), vivo de lleno la primavera y, mirando el cielo de media tarde, pienso ¡qué gran suerte tengo de ser aficionada al vino, que me permite vivir en primavera cada instante del año!

Clara Dalmau

EL SÍNDROME DE LA CABAÑA

Hace unos días leía un hilo de Twitter que reflejaba a la perfección mis sensaciones respecto a eso que llaman desescalada y, lo que es peor, “nueva normalidad”.

Angustia. Sí, esa es posiblemente la mejor palabra para definir mi estado emocional cuando pienso en salir a la calle. Y no es que no tenga ganas de salir y ver a mi familia y a mis amigos. Es sencillamente que, pese a que ahora ya sabemos más o menos cómo va a ser esa desescalada, no hay absolutamente nada que me transmita una cierta seguridad.

Llevamos más de mes y medio encerrados y eso ha ayudado a controlar los contagios. Pero en ningún caso significa que el bicho se haya ido. De eso nada. Cual Demogorgon, el bicho sigue estando presente aunque no lo veamos.

Pero si soy sincera, no es el bicho lo que más me asusta. No tengo ninguna intención de dejarle que se instale a vivir en mi organismo, pero lo que más angustia me provoca no es eso. Lo que más miedo me da es pensar en cómo será esa dichosa “nueva normalidad”.

Un mundo sin abrazos ni besos, donde no puedes ni tomarte algo con tus amigos sin que haya un metro y medio de distancia entre vosotros. Un mundo en el que se puede salir una vez al día y sin alejarte más de un kilómetro de tu casa. Un mundo en el que ir a comer a un restaurante, llegado el momento, será casi un deporte de riesgo y, encima, para una vez que vas, será casi como estar de visita en una prisión, separado del resto de comensales por mamparas que, en el mejor de lo casos, te permitirán moverte con una cierta fluidez. La distopía que tantas veces hemos visto en el cine, al alcance de nuestra mano.

Angustia, sí. Y es que cuanto más lo pienso, menos ganas tengo de salir. Debe ser que, de momento, me he librado del bicho, pero no del síndrome de la cabaña.

Conchi Roque

EL AIRE FRESCO

Con ganas de abrir las ventanas. La necesidad de aire fresco se acentúa. Parece que la única cosa positiva de estos días será darnos cuenta de la gran contaminación que generamos, día a día, en nuestros pueblos y ciudades.

Aguas nítidas en Venecia, aire puro en las grandes capitales del país, playas limpias en la costa, delfines que llegan casi a puerto, calles tranquilas, animales disfrutando de su territorio en una aparente tranquilidad … son solo algunos ejemplos de todo lo que no hemos generado estos días de confinamiento.

Creo que los grandes problemas nos deben servir para crecer, para mejorar, para darnos cuenta de todo lo que no hacíamos bien antes. Esta crisis no ha sido creada por el hombre, pero sí que es una crisis que requiere de la reflexión sobre cómo vivimos y cómo hacemos vivir al planeta en nuestro “día a día” habitual.

La pregunta que muchos nos hacemos es, ¿cómo será la “normalidad” después de esto? ¿Seremos capaces de mantener, al menos una parte de “lo positivo” que nos ha dejado la pandemia?

¿Nos ayudará a tomar consciencia de la necesidad de cuidar nuestro entorno y entenderlo como propio?

Esperemos, por todos, por nosotros y por los que puedan venir, que sí.

Clara Dalmau

Y LOS SUEÑOS, ¿SUEÑOS SON?

Una de las consecuencias de esta vida suspendida que llevamos desde hace ya un mes es, según los expertos, las alteraciones del sueño. La incertidumbre, la falta de rutinas y de ejercicio, la ansiedad que provoca estar encerrados… todos son factores que hacen que la calidad de nuestro sueño sea peor estos días.

Y yo me pregunto, ¿y qué hay de esas otras alteraciones del sueño? Si los sueños son vidas paralelas, ¿acaso no preferimos todos esa otra vida que nos proporciona ahora el sueño?

Mientras soñamos volvemos a compartir risas y abrazos con los amigos, pisamos las calles, los campos y las playas, y disfrutamos como solíamos hacerlo antes de vernos privados de esa ansiada libertad a la que prácticamente no prestábamos atención cuando era confundida con pura rutina.

Esta noche he soñado que recorría las calles del pueblo. Subía a la piscina y me reunía con mis amigas para compartir esas cañas largas que tanto nos gustan. Al despertar, no he podido obviar la punzada de realidad. Y, encima, afuera llueve.

No sé a vosotros pero, a mi, las alteraciones del sueño, más que una consecuencia de esta crisis, me parecen un salvavidas. Ansío el momento de meterme en la cama para volver a sentirme libre. Volver a sentir el aire, las caricias, los abrazos y las risas compartidas. Para mi, el sueño, más que verse alterado, se ha llenado de vida.

¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y, los sueños, ahora vida son.

Conchi Roque

 

TENGO UNAS DÉCIMAS DE FIEBRE

Nunca me habría podido imaginar que una simple frase, aparentemente sin mayor importancia, podría angustiarme tanto. Era lunes por la mañana y habían pasado poco más de 24 horas desde el inicio del Estado de Alarma. Hasta aquel momento mi mayor preocupación era cómo organizarnos en la oficina. Con la fiebre llegó también la tos y el malestar. Y también mi sonrisa forzada para esconder el temor y las malditas búsquedas sobre síntomas y protocolos aquí y allá.

El miércoles era ya yo la que tosía ante la pantalla del ordenador, aunque me esforzaba en no exagerar. El malestar, el dolor muscular, la sensación de cierto ahogo y la pérdida de gusto y olfato se sumaron a la fiesta de los miedos en los días que estaban por llegar.

Los caminos del miedo son retorcidos. Es un parásito que se instala en los rincones más profundos de uno mismo. Te congela y te escupe momentos de angustia.

En casa hemos sido unos privilegiados. Ahí fuera, llueve y hace un frío que hiela. Los hospitales se han convertido en trincheras de una guerra invisible. No acierto a imaginar el día a día del personal sanitario. El desgaste, el estrés, la impotencia… Así que no es difícil llegar a la conclusión de que hemos tenido la inmensa fortuna de solo dos semanas de sintomatología más bien leve. Nos ha herido más el miedo y la incerteza que la fiebre o el malestar. Dos semanas de confinamiento estricto y, al menos, dos semanas más en el horizonte. Sigue ahí el miedo por los mayores, que viven estos días aislados y angustiados. Nacieron en una posguerra de la que a menudo no quieren hablar. Hoy viven una que no saben explicar.

Los hermanos y familia, que siempre miman y protegen, lo han continuado haciendo estos días de confinamiento y enfermedad. Traían la compra hasta la puerta de casa y esperaban a una distancia de más de dos metros cuando abría. En la distancia, un “hola, ¿cómo estáis?”. Una sonrisa bajo la mascarilla. Y yo, unas ganas de llorar como una chiquilla al cerrar la puerta. El vértigo. El miedo. El maldito miedo. Este miedo que eliminaríamos de un plumazo con un largo abrazo de la tribu. Con miradas cómplices entre la gente. Con palabras cálidas en un susurro. Y que ahora cultivamos con la promesa de que todo volverá.

Son las 19 horas. Es la hora de la videoconferencia. Somos unos afortunados.

Sole G. Insua

RECUPERAR EL CONTACTO

¿Quién nos iba a decir que estar aislados nos uniría más que nunca?

No sé si a vosotros os ha pasado pero yo, desde que estoy confinada, he recuperado el contacto con persones con quienes hacía tiempo que no hablaba. Debe ser fruto del aburrimiento, o del tiempo que tengo para pensar y, en consecuencia, recordarlas: ¿qué estará haciendo aquella amiga? Sabes qué, ¡le hago una videollamada y salgo de dudas! Sí, sí, videollamada. ¿Para qué hacer una llamada convencional si además le puedes ver la cara? Y aún mejor, la otra persona siempre te lo coge. ¡Maravilloso!

Incluso hablo más con mis padres: cada día a las 17h hacemos, efectivamente, una videollamada. Y creedme que nuestras conversaciones no tienen mucha sustancia, pero oye, nos echamos unas risas. Así porque sí.

Y ahora me sabe mal porque pienso que, cuando acabe esta cuarentena, quién sabe si seguiré hablando con esos amigos que he recuperado. ¿Hablaré cada día con mis padres, aunque sea para saludarnos? ¿O, por el contrario, la rutina me engullirá de nuevo y me olvidaré?

No me malinterpretéis, me muero de ganes de volver a la normalidad, pero este aislamiento me ha hecho pensar en toda la gente que vamos descuidando por el camino porque tenemos otras coses que hacer, no sé si mejores o peores pero, definitivamente, parece que prioritarias.

Así que permitidme que me disculpe de antemano si, cuando todo esto pase, no nos volvemos a llamar en meses. Os aseguro que siempre os tengo en mi cabeza, solo necesitaba un poco de tiempo.

Sílvia Olmo

UN DÍA CUALQUIERA

Levantarse, lavarse la cara, ducharse, vestirse, preparar el desayuno, desayunar (lógicamente) y disponerse a comenzar a trabajar. Parece el inicio de un día cualquiera. Hoy, sin embargo, esta rutina se hace sin prisa, estamos en casa y tendremos todo el día por delante.

“Mama aquí” – señalando mis piernas mientras estoy frente al ordenador – me hace pensar que apenas empezamos el día y él ya está aburrido. Necesita, como es normal, de inputs continuos. Por suerte, con poco que le prepares, sabe jugar solo, se adapta rápido y como puede y, en el fondo, entiende la situación. Quizá más que nosotros incluso.

Así, y tras una reunión virtual, el lio de trabajo parece lo habitual.

Seguimos… Pronto será mediodía, pero antes gastaremos un poco de energía (en estos días no hay que reservarla, al contrario) corriendo arriba y abajo (en 5m lineales de pasillo), ataques, gritos y cosquillas caracterizan el rato. Es hora de comer. Cocinamos y comemos. Suerte tenemos de la siesta del pequeño para aprovechar y avanzar trabajo. Cuando se despierte, organizados para poder trabajar al menos un poco más, repetiremos juegos, pintaremos, bailaremos, saltaremos y miraremos el cielo a ver si hay suerte y pasa un avión.

Se ha hecho hora de cenar, un rato de Netflix y hasta mañana.

Aparentemente, la rutina de un día cualquiera.