CAMBIO

CAMBIO

El último día que estuvimos en la oficina sospechábamos que estaba a punto de empezar algo incierto. Ninguna de nosotras lo verbalizó, pero el temor podía casi tocarse. He tenido esa sensación en otros momentos de mi vida. En pocas horas, tienes la seguridad de que las cosas han cambiado definitivamente y que es un viaje sin retorno.

Ese viernes algunas ya se habían quedado en casa por precaución. Otras salieron corriendo ante el temor de problemas en las comunicaciones. Algunas luces ya estaban apagadas.

Recogía mis cosas, ensimismada en una espiral de pensamientos negativos -por qué negarlo-, cuando una compañera (amiga) me preguntó si no me apetecía comer allí con ellas y charlar un rato. No es que me apeteciera, es que necesitaba dosis ingentes de afecto, de confianza y, sobre todo, de frivolidad. Sospecho que ellas tenían ganas de llegar a casa. Aún así eligieron quedarse y sé que fue su modo de sostenerme la mano. Creo que me temblaban un poco las piernas y que mis pasos debían sonar extraños recorriendo el pasillo. Pedimos comida japonesa y abrimos 2 o 3 vinos que estaban pendientes de cata. Reímos. En algún momento, los nervios asomaron. En algún otro, se hizo un silencio incómodo. Una nueva broma y volvíamos a reír.

No teníamos certeza alguna de aquello que estaba por llegar. Mucho ruido fuera y vértigo dentro. Sospechábamos que sería difícil y no estábamos equivocadas. Han venido días de escribir textos que no hubiera querido leer nunca. De tomar decisiones complicadas. De solidarizarnos y ayudar. De preocuparnos y prepararnos. De recordar que las fuentes son pieza clave de una información veraz.

La perspectiva del tiempo es caprichosa. Estos días el reloj avanza más lentamente y aquella comida improvisada se me antoja lejana. Consciencia de vulnerabilidad absoluta. Sin embargo, desde el día 1 de este confinamiento, cierro los puños y lo ojos para aferrarme al compañerismo, al calor y a la amistad del momento, como quien intenta que un puñado de arena no se le escape entre los dedos.

Cada mañana, el equipo se conecta por videoconferencia. Podríamos hacerlo por correo electrónico, podríamos telefonearnos, pero necesitamos vernos para tener la certeza que todo sigue bien, para sostenernos la mano nuevamente. Repasamos los proyectos en curso y así repasamos que amigos y clientes siguen bien también.

Tengo la convicción que lo que está pasando lo cambiará todo, porque nos cambiará a nosotros y nuestra mirada. No obstante, ¿he dicho ya que creo que los cambios acaban siendo positivos?

 

Sole G. Insua